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Antídotos para una sociedad atemorizada

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Familia contemorLa palabra miedo, cuya raíz etimológica, metus, proviene del latín, significa según el diccionario de la Real Academia Española: “Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario”.

Esta reacción es algo totalmente normal en los seres humanos, cuando la situación de riesgo, justifica la intensidad de la respuesta. Desafortunadamente, la sociedad en la que vivimos está plagada de riesgos reales y también imaginarios. Con los primeros, en muchas ocasiones, no podemos hacer nada, porque se escapan de nuestro círculo de influencia, como diría el prestigioso consultor, Steven Covey.

¿ Pero que pasa con  riesgos imaginarios?. ¿ Por qué nos hacen sentir emociones como la ansiedad, la ira o la tristeza, de un modo tan intenso como si fueran reales? 

Esta pregunta nos es nueva; ya desde la antigüedad, diferentes corrientes filosóficas, se han preguntado cuál es el origen de los temores irracionales o φοβα, en griego.Los primeros en hacerlo, dentro de la cultura occidental, fueron los filósofos estoicos, que en palabras de Epicteto: “ Lo que perturba nuestra mente, no son los acontecimientos, sino la manera como los enjuiciamos”. Esta importante idea de cómo el ser humano es el responsable de sus emociones y su conducta, la retomarán posteriormente otros pensadores como: Sócrates, Platón y Séneca en la antigüedad y otros contemporáneos como Bertrand Russell. 

Desde comienzo de la década de los sesenta, la psicología y las neurociencias empiezan a observar de un modo expectante el fin de la hegemonía de las dos corrientes psicológicas predominantes desde finales del siglo XIX, el psicoanálisis y la otra, la modificación de conducta cuyo auge comenzó al terminar la segunda guerra mundial. Este nuevo paradigma explicativo del comportamiento humano es la psicología cognitiva, que da un mayor peso a las variables relacionadas con los productos mentales como el procesamiento de la información, la razón, la memoria y por supuesto la percepción de la realidad a la hora de generar las emociones en general, y el miedo o ansiedad en particular. 

Durante muchos años, diríamos que demasiados, todo lo relacionado con la “caja negra” o mente del ser humano, fue relegado del ámbito de la psicología clínica, precisamente por la fuerza que había tomado en aquel entonces la terapia de conducta que se fundamentaba en las teorías de Watson, el iniciador del conductismo clásico y de otros como Ivan Pavlov, premio novel de fisiología por sus estudios sobre el condicionamiento clásico en animales. 

A lo largo de casi cincuenta años, se nos ha hecho pensar a la sociedad en general y a los profesionales de la psicología en particular, que las respuestas que dan algunos pequeños animalitos blancos, o ratas de laboratorio, cuando se las expone ante determinados estímulos concretos, son exactamente iguales a las que experimentamos los humanos. Esto, visto en retrospectiva, es un barbaridad del tamaño de una casa, si se me permite la expresión. ¿Cómo vamos a reaccionar exactamente igual que otros animales, ratas, gatos, perros, de orden inferior a la especie humana?.

Esta explicación solamente obedece a ciertos radicalismos por parte de las ciencias del comportamiento humano, que tan sólo quieren ver una dimensión del hombre, en este caso la conductual y en otros casos, la mera visión biomédica de la explicación del fenómeno del miedo y la angustia.  En 1956, fue presentado en Chicago, en el Congreso de la Asociación de Psicología Americana, un nuevo modelo explicativo y de tratamiento de las perturbaciones emocionales.

Este enfoque racional y eminentemente cognitivo, liderado por el Dr. Albert Ellis y posteriormente por otros científicos de la conducta humana como Aaron Beck, Donald Meichenbaun etc, supondría un cambio de gran importancia dentro del campo de los trastornos emocionales como la ansiedad , las fobias o miedos. A partir de ese momento comenzamos a entender que si bien el ser humano experimenta y tiene ciertas emociones producidas por respuestas de tipo conductual y fisiológico, el papel que la cognición, entendida esta última como pensamientos e imágenes, juega un rol muy importante a la hora de producir y regular nuestros sentimientos. 

Por lo tanto para poder contestar al título de este artículo, tenemos que entender que los miedos y angustias irracionales que las personas solemos tener, obedecen a aquel conjunto de pensamientos y creencias irracionales que hemos desarrollado con el paso del tiempo y que sin ser lógicas ni demostrables empíricamente, casi siempre las tomamos como interpretaciones veraces de la realidad, cuando son justamente lo contrario, sesgos o distorsiones de la realidad.

Este modo de procesar la información, parcial y deformado es producto del aprendizaje que ha llevado a cabo cada uno de nosotros con el paso de los años e influenciados por la cultura y educación que hemos recibido. Según el Dr. Ellis, las principales creencias irracionales generadoras del malestar emocional (ansiedad, miedo, frustración …) giran en torno a tres temas centrales:

  1. Uno mismo. Eje: “debo hacer las cosas bien y merecer la aprobación de los demás, por mis actuaciones”.
  2. Otras personas. Eje: “deben actuar de forma agradable, justa y considerada conmigo”.
  3. La vida, el mundo. Eje: “debe ofrecerme unas condiciones buenas y fáciles para que pueda conseguir lo que quiero sin mucho esfuerzo o incomodidad”. 

Cuando estas exigencias absolutistas o necesidades perturbadoras (pseudonecesidades), no se cumplen, surgen los pensamientos, cargados de emociones, derivados de esas exigencias absolutistas que son: 

  • Tremendismo: “es terrible…”
  • No­soportanitis: “no puedo soportarlo”
  • Condena y autocondena: “es un tal”. “Soy un cual” 

Para Ellis, cualquier perturbación emocional estará relacionada, con gran probabilidad, con alguna de estas creencias irracionales. El objetivo de la intervención , será detectar y cambiar tanto las inferencias erróneas como las creencias rígidas y absolutistas que las originan.

 Así mismo esas actitudes de exigencia y necesidad perturbadora, facilitarían la aparición de procesamientos de la información sesgados o distorsiones cognitivas, entre las que destacan:  

  • Sobregeneralizaciones y etiquetas negativas­
  • Salto a conclusiones negativas­
  • Adivinar el futuro­ Fijarse solamente en lo negativo­
  • Descalificar lo positivo­ Magnificar o minimizar­
  • Razonamiento emocional ( puesto que lo siento, debe ser cierto)­
  • Personalizar ­
  • Pensamiento dicotómico (irse a los extremos).

Todo esto es en definitiva una actitud o filosofía de vida irracional que determina la actitud y equilibrio psicológico con el que podemos enfrentar o no los conflictos vitales.    Por otro lado, no cabe duda que muchos de los miedos y ansiedades que experimentamos en nuestra sociedad, son el resultado de la manipulación por parte de algunos medios de comunicación así como por las campañas publicitarias, muchas veces carentes de toda ética y que crean en los individuos la necesidad de consumir determinados productos o servicios utilizando la “estrategia del miedo”. Eje: “si no bebes tanta agua al día, te va a ocurrir tal problema de salud”. “Si quieres liberarte del estrés, toma x vitamina”. ¡¡Cómo si fuera tan sencillo reducir el estrés, supervitaminándonos ¡!. 

Toda esta cultura Light, basada en la obtención de placer o bienestar superficial de un modo rápido y fácil refuerza las actitudes y creencias psicológicas de que la felicidad, la salud y el bienestar se consigue sin esfuerzo. No es gratuito, la proliferación que está habiendo de supuestos “gurús” que te prometen a lo largo unas cientos de páginas de sus libros, el éxito y la felicidad plena o que te leen el futuro por unos pocos euros. 

Este fenómeno está dando lugar a la construcción de un hombre Light, como acertadamente menciona el Dr. Enrique Rojas en sus libros.  Y esto último es tan cierto, como que cada vez lo observamos con más frecuencia en los miedos de nuestros jóvenes y no tan jóvenes. Observamos cómo la inseguridad y la fobia social se apodera de la gente y cada vez más, la juventud no es capaz de socializar sino es a través de medios electrónicos, ya que hacerlo “in vivo” supone para muchos un déficit de habilidades sociales insuperable. 

Albert Bandura, psicólogo social y profesor distinguido de la Universidad de Standford reflexiona sobre estos temas diciendo que a pesar de que las personas somos “seres sociales”, es decir, que necesitamos de la relación con lo demás para autorrealizarnos y ser fructíferos en nuestro trabajo, familia o esfera interpersonal, paradójicamente, uno de lo trastornos psicológicos que mas prevalece en nuestra sociedad es la fobia social o miedo a la relaciones interpersonales. 

Otra de las lacras que atemorizan a nuestra sociedad es el fenómeno de la violencia. La padecemos en las familias, en las calles, en los campos de fútbol y lo que es peor y hace mas daño en la televisión basura que sin lugar a dudas es uno de los medios más eficaces de enseñar a los niños a ser violentos.En esta línea de investigación, Bandura ya desde los años setenta demostró con su teoría del aprendizaje social, como uno de los principales mecanismo para aprender nuevas conductas, es la observación o también llamado aprendizaje observacional. 

 De los cientos de estudios de Bandura, un grupo se alza por encima de los demás, los estudios del muñeco bobo. Lo hizo a partir de una película de uno de sus estudiantes, donde una joven estudiante solo pegaba a un muñeco bobo. En caso de que no lo sepan, un muñeco bobo es una criatura hinchable en forma de huevo con cierto peso en su base que hace que se tambalee cuando le pegamos. Actualmente llevan pintadas a Darth Vader, pero en aquella época llevaba al payaso “Bobo” de protagonista. La joven pegaba al muñeco, gritando ¡“estúpidooooo”!. Le pegaba, se sentaba encima de él, le daba con un martillo y demás acciones gritando varias frases agresivas. Bandura les enseñó la película a un grupo de niños de guardería que, como podrán suponer ustedes, saltaron de alegría al verla. Posteriormente se les dejó jugar. En el salón de juegos, por supuesto, había varios observadores con bolígrafos y carpetas, un muñeco bobo nuevo y algunos pequeños martillos. Y ustedes podrán predecir lo que los observadores anotaron: un gran coro de niños golpeando a descaro al muñeco bobo. Le pegaban gritando ¡”estúpidooooo!”, se sentaron sobre él, le pegaron con martillos y demás. En otras palabras, imitaron a la joven de la película y de una manera bastante precisa. Esto podría parecer un experimento con poco de aportación en principio, pero consideremos un momento: estos niños cambiaron su comportamiento ¡sin que hubiese inicialmente un refuerzo dirigido a explotar dicho comportamiento! Y aunque esto no parezca extraordinario para cualquier padre, maestro o un observador casual de niños, no encajaba muy bien con las teorías de aprendizaje conductuales estándares.

Bandura llamó al fenómeno aprendizaje  por modelado.Este mismo investigador llevó a cabo un largo número de variaciones sobre el estudio en cuestión: el modelo era recompensado o castigado de diversas formas de diferentes maneras; los niños eran recompensados por sus imitaciones; el modelo se cambiaba por otro menos atractivo o menos prestigioso y así sucesivamente. En respuesta a la crítica de que el muñeco bobo estaba hecho para ser “pegado”, Bandura incluso rodó una película donde una chica pegaba a un payaso de verdad. Cuando los niños fueron conducidos al otro cuarto de juegos, encontraron lo que andaban buscando…¡un payaso real!. Procedieron a darle patadas, golpearle, darle con un martillo, etc.  

También asistimos al auge de los tratamientos y cirugía estética, la mayor parte de las ocasiones por tener miedo a envejecer y todo lo que eso conlleva a ciertos hombres y mujeres, como es asociar nuestra seguridad y autoestima a algo tan efímero como la belleza física y la eterna juventud. La cultura occidental actual está llena de luces y sombras, y son estas últimas, abanderadas fundamentalmente por el consumismo, la permisividad, el exceso de información no formativa y el vacío, las que convierten al ser humano en un individuo desconcertado, abrumado, temeroso y en gran parte de las ocasiones sin rumbo, si un leitmotiv.

Hemos alcanzado una cima desoladora y fría: la socialización de la inmadurez, caracterizada por la desorientación (vivir al día, sin un verdadero proyecto), la decadencia de los valores, cimiento de una vida sin compromisos y un gran vacío espiritual, sustituido por una filosofía del hedonismo que a lo único que nos lleva es a no complacer nunca a nuestro verdadero YO, dado que ese camino solo satisface la parte más primaria e instintiva del ser humano, el ELLO, precisamente esta última, la que más nos neurotiza, si no sabemos controlarla y nos aleja definitivamente del camino de la felicidad.

En conclusión, el mejor antídoto para vivir sin temores y ansiedades en nuestra sociedad actual es que la razón predomine sobre la emoción y los instintos.Por lo tanto, citando el título de un famoso betseller de hace unos años: “Más Platón y menos Prozac”.Y siempre recordando la metáfora del mar como la vida: “Al final todo se reduce a una cosa. No puedes escapar del viento, afrontas la situación, orientas tus velas y sigues adelante”.

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